EL TIGRE DE TRACY
Thomas Tracy tenía un amigo imaginario; un tigre que en realidad era una pantera negra. Su tigre le acompañaba allí donde iba y sólo él podía verlo. Un día, Thomas se dio cuenta de que el tigre era real. El pánico se desató, la policía actuó y el tigre huyó herido para esconderse. Este planteamiento, extraído de la contraportada del libro, unido a una apuesta inusual —«si eres capaz de no releer el libro te invito a una cerveza»— resultaron irresistibles.
El tigre de Tracy cuenta una historia en la que el caos de existir se ordena con la mirada del ser. Es de esos libros que cuando alguien pregunta de qué trata, lo único que cabe contestarle es que lo lea. Los distintos niveles en que opera el cuento y las diversas interpretaciones tan dependientes de la mirada del lector sugieren una reflexión acerca de cómo es la propia mirada.
De manera análoga a como dos personas leen con distintos ojos un mismo relato, se pueden encontrar distintas actitudes ante una misma dedicación laboral o un mismo contexto social. Un enfoque analítico ante un reto profesional no solo es compatible con una perspectiva más artística sino que pueden resultar complementarios. Este ejemplo cotidiano muestra en parte la grandeza de la libertad humana: en una realidad que dista significativamente de lo utópico, el hombre tiene una capacidad de decidir que excede lo temporal —abarcando pasado, presente y futuro— siendo posible elegir incluso lo que no se elige.
En este sentido, elegirse a uno mismo es condición de posibilidad para encontrarse con los demás. El libro personaliza en los doctores Scatter y Pingitzer dos formas de mirar: una tiende a ajustar la existencia a los estándares, la otra aspira a acoger la realidad. Esa mirada es, en definitiva, la que alimenta lo que se ama o permite que se extinga. Y esa mirada emerge desde la más profunda intimidad, inundando recuerdos y proyectos, e iluminando alrededor con una luz de temperatura correspondiente.
Así, educar la mirada engrandece la libertad. En última instancia, las elecciones que tomamos configuran la propia vida, no tanto el resultado de las mismas como la manera en que decidimos.
¿Cómo se aprende a mirar?

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