FLORES PARA LA SEÑORA HARRIS

 

En mis sueños favoritos tengo un superpoder: puedo volar. La sensación de vencer la gravedad y surcar los cielos es indescriptiblemente agradable. En ocasiones el contexto es mágico; otras veces tiene tintes más realistas. Una característica común de estos sueños es el final. La capacidad de volar desaparece —frecuentemente cuando algo malo me alcanza— y entonces despierto.

La señora Harris es una asistenta londinense a quien se le mete entre ceja y ceja conseguir un vestido de Dior. A ello encamina todos sus esfuerzos, saltando por encima de cualquier obstáculo, mostrando una determinación que está al alcance de cualquiera. Para ello cuenta con un superpoder, es buena. Tiene carácter y está decidida a lograr su objetivo, pero sobre todo es buena. Y esta bondad no resulta indiferente para aquellos con quienes se encuentra.

Al acompañar en su aventura a la señora Harris, resulta sencillo despegar unos metros de la inercia individualista. Y lo que en un principio parece ficción se vuelve real al vislumbrar el efecto de querer el bien de manera instintiva. Por encima de las expectativas iniciales, por muy elegantes que sean, cuando uno vuela descubre que el éxito no está en la meta sino en el viaje.

Esta novela quizá sea un homenaje a la fuerza de la bondad. Podría ser una glosa de aquello de William Maxwell de que «la generosidad es el mayor de todos los placeres­­». A lo mejor ser bueno no está tan mal.

¿Cómo hacer del bien un instinto?


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